El cañón de las nueve

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Me fui acostumbrando a las rutinas de este barrio. A las doce del mediodía sonaba una sirena y a la nueve de la noche se escuchaba un ruido, un cohetazo fuerte y puntual.

La sirena parecía estar en el puerto, pero me intrigaba el otro sonido. Durante muchos meses estuve pensando y pensando qué podría ser, hasta que un día, andando en bicicleta alrededor del Stanley Park, lo descubrí.

El Nine O’Clock Gun es un cañoncito encerrado en una jaula de metal que apunta hacia el puerto. Una placa de bronce dice que fue fundido en Inglaterra en 1816. Se cargaba por la boca y tiraba balas de casi seis kilos de peso. No se sabe en qué barcos anduvo ni en qué batallas navales participó, si es que tuvo ese papel. Ahora sólo hace ruido. Lo instalaron para que sirviera como reloj cuando no había otra manera de comunicarse con los barcos a la distancia. Aunque es chico y humilde, la explosión llega a oírse a 60 kilómetros a la redonda. Todo un mérito para el pequeño, nacido casi 150 años antes del primer misil balístico intercontinental.

Ese cañón ahora inofensivo me hace acordar a la bala de un pariente suyo que tengo en mi cuarto en la Colonia. Mi padre la sacó de la barranca de las inglesas, la tercera pasando Puerto Viejo. Es un cilindro de plomo con una especie de casco de bronce. Pesa unos cuantos kilos, como las que debieron salir del cañoncito de Stanley Park. Nunca supimos cómo había ido a parar a esa barranca. Mi padre me decía que así saludaban los de los barcos a los que vivían en la orilla. Yo era chico y me creía cualquier cosa. Hasta ahora no sé si es una reliquia de la invasión portuguesa o del sitio de Paysandú, porque se encontraron otras en el mismo lugar.

Mi padre quería fundirla para hacer plomadas. Seis kilos de plomadas. Más para una flota pesquera que para un pescador aficionado. Lo bueno es que lo pude convencer y ahí quedó la bala, durmiendo sus glorias militares en el alféizar de la ventana.

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